La vajilla marina, cuando el plato también cuenta una historia
- Lara Roguez
- 15 mar
- 1 Min. de lectura
En Abarike el plato no termina en la cocina. Continúa en la mesa. Por eso la vajilla forma parte del discurso gastronómico y no actúa como un soporte neutro.
La vajilla marina nace del trabajo con conchas reales del Cantábrico. Piezas que no sirven para consumo y que normalmente se descartan. Se limpian, se tratan y se estabilizan para poder usarlas como soporte en sala.

No se trata de decoración. Se trata de coherencia. El producto viene del mar y vuelve al mar en forma de objeto. El cliente entiende de dónde sale lo que come sin necesidad de explicaciones largas.
Cada pieza es distinta. No hay dos iguales. Esto obliga a pensar el emplatado de otra forma. El plato se adapta a la concha, no al revés. Ese límite genera decisiones más precisas y menos artificio.
El uso de esta vajilla condiciona el tipo de pase. Funciona en bocados concretos, en aperturas de menú o en platos donde el gesto tiene sentido. No se usa por sistema ni en todos los servicios.
Detrás de esta idea está la forma de trabajar de la chef Lara Roguez. Una cocina que parte del respeto al entorno, al producto y a todo lo que lo rodea. No se añade nada que no tenga función.
El cliente no siempre pregunta por la vajilla, pero la recuerda. Y eso es importante. La experiencia se fija en la memoria por detalles que no se repiten en otros sitios.
En Abarike cada decisión suma. Desde lo que se compra hasta dónde se sirve. La vajilla marina no pretende llamar la atención. Pretende contar lo mismo que cuenta el plato, sin palabras.







Comentarios